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“El viaje de Muna”, la historia de una canción

No soy nada mitómano. Me importan muy poco los logros profesionales o el nivel de popularidad de un artista. Lo valoro ante todo por su calidad humana y luego, a bastante distancia, por su talento. Creo que a base de trabajo y perseverancia, la persona con un don especial acaba destacando y encontrando a su público. Y hoy quiero hablaros de tres de esas personas. Pero empecemos por el principio.

Como sucede cada vez que Salva y yo pensamos en escribir un nuevo volumen de “Rolf & Flor”, nos reunimos para desarrollar juntos la estructura de la historia y dividir su trama en escenas. Luego, cada una de estas corresponderá a una canción del disco. A mi me encanta escribir letras, así que normalmente Salva escoge una o dos canciones, y yo me encargo de las cinco o seis restantes. Antes de empezar a escribir, hablamos de cómo enfocar cada canción y más adelante nos hacemos de editores mutuos. Es una suerte tener a alguien en cuyo criterio confías plenamente, que actúe como espejo, ayudándote a ser crítico y a sacar lo mejor de ti mismo.

Nuestro nuevo libro “Rolf & Flor en Londres” ha sido desde el principio, un proyecto muy especial: está dedicado a la protección de la infancia a través de dos niños protagonistas, Alex y Muna. Su creación contenía pues dos grandes retos, dos canciones muy delicadas de escribir por los temas que tocan… así que decidimos enfrentarnos a una de ellas cada uno. Salva escogió empezar a escribir la canción que habla de Alex, un niño con síndrome de Down, y yo me quedé con la canción acerca de Muna, una niña refugiada de la guerra en Siria.

De este modo, a mediados de Febrero, unos meses después después de dicha conversación, pasé unas semanas documentándome sobre la historia reciente de Siria: sus gentes, su cultura, sus mapas, y las noticias que nos llegaban sobre el conflicto bélico que estaba azotando el país. Todo ello, con el fin de escribir la letra de una canción que debía explicar la historia de Muna, una niña de Damasco cuya vida se transforma poco a poco a causa de la guerra, hasta verse obligada a abandonar su ciudad natal y refugiarse en Londres. Enseguida decidí explicar la historia desde el punto de vista de la propia Muna, por lo que el reto consistía en intentar meterme en su piel, para luego explicarles a los niños algo tan complejo y terrible como es una guerra. Además, quería crear varios niveles de lectura, para que por un lado los niños pudiesen escuchar la canción con normalidad, identificándose incluso con la pequeña Muna, y por otro lado sus padres, y los demás oyentes adultos, fuesen más allá de las palabras, captando información no tan explícita, pero con toda la carga dramática que contiene inevitablemente cualquier conflicto bélico. Aquellos días volvieron vívidamente a mi memoria las historias que mi abuela me explicaba sobre la guerra civil española, que vivió siendo aún una niña, así como las de la abuela de Salva, refugiada durante la segunda guerra mundial.

En aquel momento, no podía llegar a imaginar ni poniéndome en el peor de los casos, que aquellos desplazados de los que hablaban las noticias, se convertirían rápidamente en millones y millones de refugiados huyendo desesperadamente de su país, y pasando a ser el nuevo drama humanitario retransmitido diariamente por televisión.

Pero volvamos a aquellos días. Fue un trabajo de escritura intenso, uno de esos procesos creativos que te secuestran durante semanas, te roban el sueño y hacen temblar tus cimientos emocionales. Poco a poco decidí no explicar el viaje físico de Muna sino su viaje emocional, dividiendo la historia en tres partes: la cotidianidad de su vida en Damasco, la llegada de la guerra arrasando poco a poco dicha cotidianidad y el momento de dejarlo todo atrás. Ella nos lo explicaría todo desde la inocencia de su mirada, y su padre la acompañaría en todo el proceso, tomando a veces la voz narrativa y actuando de “consejero” o “voz de la experiencia”…

Y como en cualquier historia, cuanto más difícil es el camino, más gratificante es llegar a destino, así que el día que llevé la letra acabada al estudio, y Salva se sentó al piano y empezó a buscar melodías hasta convertirla en una canción, a ambos nos saltaron las lágrimas de la emoción.

Enseguida tuvimos claro que la versión definitiva del tema tenía que ser austera, sónicamente hablando, así que decidimos dejarlo en tan solo dos instrumentos: un piano acompañando a la voz y un celo dialogando con ella. Ni guitarras, ni percusiones, ni sección de cuerdas, ni siquiera coros… tenía que sonar desnudo, sin adornos ni artificios, para conseguir centrar toda la atención del oyente en la interpretación de la letra, potenciando así su carga emocional.

Unos días más tarde, vino Juzz al estudio. Además de ser un gran tipo y uno de mis mejores amigos, Juzz Ubach es un arreglista excepcional, y un pianista con una gran sensibilidad. Siempre que necesitamos una buena interpretación de piano, él es el encargado. En pocas horas interiorizó la canción y grabó la versión ideal, tan bella como libre de florituras, centrándose en acompañar lo mejor posible a la voz, que debía ser la gran protagonista. Pero esa voz aún no existía…

La versión definitiva tenía que cantarla una mujer, interpretando en primera persona a la pequeña Muna. Y además tenía que hacerlo en tres idiomas diferentes: castellano, catalán e inglés, una para cada versión del disco. Había que encontrar a alguien capaz de llenar de emoción cada escena, cada verso, cada palabra… y en mi cabeza lo tenía muy claro. De hecho, aquella voz había estado presente desde que empecé a escribir la letra de la canción. Tenía que ser ella: Silvia Pérez Cruz.

A Silvia no la conocía personalmente, pero tenemos un buen amigo en común, el actor y director teatral Julio Manrique. Así que llamé a Julio y él nos puso en contacto. Y lo mejor fue que no me costó nada convencerla: Silvia tiene una hija pequeña que ya cantaba las canciones de Rolf & Flor junto a los hijos de Julio, ¡así que su madre estaba encantada de colaborar con nosotros!

Unas semanas más tarde llegó el momento tan esperado: Silvia vino a grabar a PinkerLand, nuestro estudio. Es difícil expresar con palabras lo que allí sucedió. Y es que justamente, las palabras desaparecieron para transformarse en pura emoción. Nada más empezar a cantar, Silvia elevó nuestros cuerpos del suelo y nos transportó hasta Siria. Y allí estábamos Salva y yo, en la vieja Damasco, acompañando a Muna en su viaje. Daba igual lo que aquella mujer estaba cantando porque su interpretación trascendía el significado de cada verso y nos conmovía profundamente. Junto a ella jugamos al escondite por las calles del zoco. Junto a ella pisamos alfombras y olimos especies. Junto a ella escuchamos las historias del viejo Abbas. Junto a ella vimos como cerraban la escuela. Junto a ella empezamos a oír explosiones y nos abrazamos a su madre. Junto a ella pasamos hambre y junto a ella abandonamos la ciudad en busca de un futuro mejor. Y finalmente, lloramos junto a ella, que era Silvia y que era Muna, pero que eran también los millones de refugiados y desplazados que siguen dejando tras de si las malditas guerras en este mundo.

Silvia tiene un don. Algo muy difícil de encontrar. Su voz trasciende las palabras, los idiomas y las fronteras porque va directa al corazón. Escucharla cantar fue una experiencia inolvidable. Sin duda, uno de los momentos más especiales de nuestra carrera. Y no sé con cual de las tres versiones que grabó me quedaría. Como dijo ella, fue como cantar tres canciones distintas. Cada idioma tiene una sonoridad propia y contiene toda la identidad y todo el bagaje histórico de su cultura. Por eso cada uno pide una interpretación muy distinta. Así que cada versión acabó teniendo también su propia personalidad, su propio encanto. Como decía al principio, no soy nada mitómano, pero puedo afirmar que Silvia es sin duda una de las voces más singulares de nuestra generación. Y además es dulce y humilde…

Tras aquella sobredosis emocional, ya solo nos quedaba grabar el cello. Y el encargado fue una vez más Jon Cottle, buen amigo y profesor de celo de mi hija mayor. Jon había participado ya en los dos anteriores volúmenes de Rolf & Flor, y además de una gran técnica, tiene un don natural para la improvisación. Así que decidimos no darle demasiadas directrices. Le dejamos que disfrutara dialogando con Silvia y el resultado fue una vez más asombroso. Y ya teníamos los tres lados del triángulo interpretativo: ¡piano, voz y cello!

He de reconocer que hace ya casi un año, mientras escribía aquella letra, nunca imaginé que llegaría a convertirse en algo tan especial… Ahora le toca emprender su propio viaje hacia vuestros hogares y espero que hasta vuestros corazones.

Silvia, Juzz y Jon, gracias por vuestra humanidad, por vuestro talento y sobretodo, por este regalo.

Alex,

Barcelona, Octubre de 2015

Collage - El viaje de Muna

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